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| Atardecer |
Una tarde de enero, mientras caía el sol sobre la playa me lo encontré. El jamás se había enterado de cómo me sacudía al mirarlo, desconocía mis sentimientos. Yo pensaba que estaba enamorada pero nunca logre descifrar si aquello era amor o si era algo similar a la admiración ¿cómo no confundirse?
Esa tarde de enero lo admire completamente, todo su ser, su egoísmo, su arte, su dedicación, su inspiración, todo él, incluso con ese par de canas que vislumbran en su cabellera. Incluso cuando el paso de los años le fueron robando su juventud y paciencia.
Aquella tarde de enero en la playa, mientras el me hablaba de sus obras, de su éxito, no pudimos evitar el tema. Me contó de su nueva relación, yo sonreía para y por él, porque sólo con verlo era feliz. Enamorada me tornaba vulnerable, ingenua, con un simple "como estas" me cambiaba el día. Aquello era la medida de mi tiempo, no había otra explicación.
A pesar de haberle dibujado a mi cara mi mejor sonrisa, la envidaba. Envidiaba a una desconocida, estaba celosa de alguien que jamás había visto, de un nombre sin caracterización, de un ser inanimado. En mi interior se desarrollaba un conflicto, la lógica me indicaba que era imposible odiarla, pero controlando mis impulsos lo seguí admirando aquella tarde, allí sentada.
El sol seguía ocultándose mientras él me confesaba que mantenía un buen trato con su pareja anterior. Otro golpe para mi.
- ¿Cómo? le pregunte, ¿acaso tu nueva conquista no se siente amenazada?
- No, me respondió, con mucha confianza.
Mientras iba refrescando y la piel se me erizaba, me explicó que tenia un pasado, una vida antes de ella, y que no estaba dispuesto a cambiarla. Todo lo que salía de su boca, cada palabra que pronunciaba sonaba tan convincente, lo admiraba porque no vacilaba, estaba seguro de sus decisiones.
"Tómalo o déjalo" pensé. Me calle y seguí pensando. Mientras seguían resonando aquellas palabras en mi cabeza, ella ya lo había tomado, mientras yo, había decidido dejarlo. Mis preocupaciones me invadieron, me nublaron la vista y hasta me sacaron la capacidad de reflexionar.
Después de aquella tarde de enero, cuando el viento hizo insoportable continuar la conversación porque la arena nos rozaba con fuerza la piel, no volví a verlo. Sabía que él era feliz, y a pesar de lamentarme no seguir siendo yo quien lo desvelara, lo quería. Lo adoraba tanto que su felicidad lejos de mí me hacía bien.
Al día siguiente, volví a la misma playa, pero esta vez no lo busqué. Sólo fui a ver la puesta de sol, con mucha más confianza en mi, esperando a ver que me deparaba el próximo día soleado de enero.

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